La nación se divide en dos grandes grupos políticos antagónicos. En el pasado, estos grupos supieron ser llamados proteccionistas y librecambistas; unitarios y federales; radicales y conservadores; peronistas y conservadores; hoy, kirchneristas y opositores.
En política, las diferencias pueden (¿O deben?) ser productivas, porque el debate es intrínsecamente fructífero y suele dar un producto que es la razón, hija del acuerdo entre los distintos pensamientos de la sociedad. Sin embargo, existe un elemento (también propio del hombre), que vuelve a ese choque de ideas no sólo improductivo sino también peligroso: la pasión. Las pasiones son sentimientos que agitan el alma hasta un punto de ebullición que puede lograr alejar a los hombres de la razón.
En la Argentina de hoy, no importa qué haga el gobierno, o está muy bien o está muy mal. El debate político está ausente, porque la oposición está tan fragmentada que no consigue afianzar una contra-opinión concreta y sostenible, y el oficialismo está tan convencido de ser la única respuesta a todas las preguntas, que toma decisiones de forma cada vez más unilateral. Esta falta de congenio entre las distintas fuerzas políticas del país, sólo produce más división en la sociedad.
Muy lejos de una guerra civil, la sociedad es testigo y víctima de una guerra mediática que forma opinólogos profesionales en redes sociales, proto-periodistas, proto-economistas y futuros políticos. El debate político real se ausenta de la estructura convencional de partidos y desciende al individualismo, en donde cada hombre y mujer deciden por sí mismos qué es lo mejor para el país y lo expresa de forma individual, pero nada deciden, puesto que no tienen poder de acción real más que el ser un grano de arena en esa playa gigantesca que es la opinión pública.
Cuando algunas de esas expresiones individuales encuentran coro y confluyen (aunque quizá casualmente), dan como resultado una marcha como la de los últimos días, en donde no se sabe bien por qué se reclama, pero existe un factor común: "algo anda mal".
Algo parece claro: el gobierno, que pretende sostener un modelo en decadencia, totalmente desconectado de la dinámica que de la realidad emerge en materia económica y social, ya es una sombra de aquél que supo encarar la continuidad de la salida de la crisis de 2001 con relativa altura, en base a trabajo e inclusión social. Hoy, ya es un gobierno que no supo extender dicha inclusión, sino que, por el contrario, la transformó en una exclusión progresiva.
En base a problemas, en general, auto-generados, el oficialismo le ha dado fundamentos a un núcleo social minoritario -pero poderoso-, que ya fracasó al mando del gobierno nacional en reiteradas ocasiones, para conseguir el arrastre de la clase media de ascenso incipiente hacia una protesta que, aunque aun siendo bastante personalista, es también lógica, justa y legítima.
Estructural o sistemicamente, este hecho parece el puntapié inicial de una crisis de un Estado de bienestar sobrecargado (una vez más), que les da fundamentos a políticas de corte neoliberal, para ilusionarse con un regreso triunfante.
Se entienden a los siguientes puntos como los principales motivos que el oficialismo se auto-generó -pudiendo evitarlos-:
- El sostenimiento de subsidios improductivos -al combustible, a la energía, al gas y al transporte-, que en la época de crisis, motorizaron a la economía, pero que luego, en la fase de recuperación sostenida (casi 10 años recuperándose al al 7% promedio), siguió soportándose desde el Estado
- ¿Son lógicos los precios del gas, la luz y los transportes? Difícil determinarlo sin conocer los costos de producción de los monopolios naturales que los producen o gerencian. Ahora bien, si el país comienza a ser inflacionario, el no movimiento de los precios de los servicios básicos parece un sin sentido. ¿Podemos exigir mayor calidad y cantidad en estos servicios, sino admitimos que los precios están atrasados? ¿Por qué quitar los subsidios genera malestar social? ¿Será que, sin ellos, no podríamos vivir por no poder pagar los insumos básicos igual que en la crisis de 2001? Si en verdad se creó trabajo genuino en el período, y si de verdad mejoró el salario real y la distribución de la riqueza entre capitalistas y asalariados, la quita progresiva de subsidios no debería tener un costo social tan alto.
- La mala gestión de YPF, empresa la cual el Estado controlaba su concesión a partir de poseer la mayoría de las acciones, y en vez de mejorar dicha concesión, salió a expropiarla haciéndola valer nada en el mercado y prometiendo producción a mediano y largo plazo cuando el problema de déficit comercial es urgente, tanto que salimos a pedirle por favor a Angola y Venezuela que nos vendan petróleo más barato para que el déficit comercial no nos tape. Nadie cuestiona una decisión política de devolverle al Estado el control de un recurso estratégico como el petróleo, pero ¿Realmente tenemos el control? ¿O en verdad no tenemos el ahorro suficiente para producirlo y precisamos de las manos extranjeras para ello? ¿Estamos buscando "socios comerciales y planificando la economía" o simplemente "pasando de un collar a otro".
- La
implementación de un cepo cambiario para que nadie compre moneda
extranjera, justificando la "pesificación de la economía"
cuando, en verdad, no podemos admitir que la inflación hace cuatro años
que supera el 20%, haciéndose insostenible. La pérdida de valor de la
moneda nacional, se traduce en desconfianza de los ahorristas, a los
cuales se los obliga unilateralmente a conservar una moneda la cual su
valor se erosiona cada minuto que pasa. ¿No sería mejor establecer reglas
de juego claras para sostener la solidez de la moneda, con un respaldo
real que inspire a los ahorristas el dejar de pensar en dólares para así
fortalecer la economía argentina y su moneda? ¿Es mejor obligarlos a que creen
un mercado paralelo que termine siendo, al fin y al cabo, el que marque
una "devaluación indirecta"?
- La inflación no sólo corroe el poder adquisitivo de los sectores trabajadores, sino también al sector productivo empresarial, es decir, al empresario PyME que supuestamente se pretende proteger.
- La implementación de una restricción a un elevadísimo porcentaje de importaciones, cuando, en verdad, existe un porcentaje mucho menor de productos con equivalencia de producción nacional que se fabrica -o se busca fabricar- realmente en el país.
- ¿No será que se pretenden frenar importaciones para que la balanza comercial
-la cual parece ser la única variable macroeconómica que tiene en cuenta
el gobierno- siga dando superávit cuando en verdad daría déficit producto
de la gran necesidad argentina de importar combustible principalmente gas
boliviano y petróleo de Venezuela y Angola?
- El proceso de "industrialización nacional", ha demostrado avanzar y retroceder al mismo tiempo, por sobre todo en Tierra del Fuego, donde ya todos sabemos que poco producimos y mucho ensamblamos. Generamos pocos puestos de trabajo y apuntamos a una competitividad-precio que no podrá posicionarnos por sobre China, debido a la expertise que los últimos treinta años le han dado al gigante asiático en la producción de manufacturas. ¿No sería mejor pensar en una especialización industrial en aquellos sectores en los que Argentina cuenta con una ventaja comparativa para, a partir de ello, incorporar valor agregado a la exportación de commodities o desarrollar profundamente la industria farmacéutica? ¿O quizás especializarnos en la producción de todas aquellas manufacturas que rodean al proceso productivo agroexportador que tantos beneficios le ha dado a este gobierno vía retenciones?
Desafortunadamente, algunas decisiones tomadas unilateralmente, han dado pie a estas manifestaciones que, sea cual sea su núcleo, expresan el malestar de ese "otro popular" que no milita ni en La Cámpora ni en Colina. Ese “otro” también se quiere hacer escuchar, porque no está conforme. Las políticas que llevaron a éste gobierno a mantenerse casi una década en el poder, ese ascenso social que estuvo a punto de ocurrir, dio esperanzas a una clase media que hoy se ve defraudada, porque siente que cuando llegó el momento de poder ahorrar (la variable que genera el salto social de los que pueden no vivir al día), cuando llegó el momento de disponer de ese "algo más" que tanto esperamos los argentinos por tanto tiempo, aquella misma mano que nos empujó en 2003, nos frena en 2012. Cuando las libertades individuales se ven cohibidas con fundamentos vagos, el pueblo se hace escuchar, porque es el que vota, pero también el que exige que aquellos a quien votó, cumplan lo que les es menester.
Ambos lados tienen fundamentos, pero todos son muy vagos. Seguramente la unión de ese enjambre de bronca y confusión, pueda dar a luz una actualidad un poco menos controvertida que la que nos toca vivir hoy.
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