La violencia continúa: segunda campaña al desierto y revolución cívica
El último período del siglo XIX no estuvo exento de violencia. Primero es Roca y su campaña al desierto; luego fueron las revoluciones cívicas organizadas por la Unión Cívica.
Estamos en el final de la década de 1870. El Presidente es Nicolás Avellaneda y su Ministro de Guerra es Alsina. Para éste último fue la orden del Presidente de emprender la segunda Campaña nacional al desierto. Así, la ocupación del territorio austral de la actual nación argentina, es emprendida -en primera instancia- desde Buenos Aires hacia al sur de la provincia por Alsina, pero luego de su muerte, éste fue reemplazado por Julio Argentino Roca, el nuevo Ministro de Guerra de Avellaneda.
Con fundamentos teóricos sarmientistas, el Estado nacional emprende la ocupación de un territorio, el cual se supone ocupado por salvajes, que no son considerados humanos y mucho menos habitantes o ciudadanos argentinos. Aquella tierra era ocupada por alrededor de 18 culturas originarias, entre las que se encontraban Tehuelches, Chiguanos, Charrúas, Anabirones, Amahuacas y Atacamas, entre otros.
Para esa época, los pueblos aborígenes representaban el 10% de la población total de La Argentina, alcanzando un número aproximado de 200.000 personas. Luego de la conquista, éste porcentaje descenderá rápidamente hasta el 4%.
La estructura social de los pueblos originarios estaba mayormente representada por las tolderías, donde convivían guerreros, ancianos y niños. Muchos grupos aborígenes empleaban el uso de malones, un conjunto de personas a pie y a caballo que se acercaban a la frontera del país organizado para robar ganado o mismo para defenderse de los ataques de los terratenientes bonaerenses. Sus ataques solían ser rápidos, sorpresivos y muy violentos.
En nuestra historia, ya había existido una primera Campaña al desierto, esta había sido encabezada por Juan Manuel de Rosas en 1833/1834, y financiada por los grandes terratenientes y hacendados de la época. Si bien Rosas tuvo una política de negociación con los indios, la cual instrumentalizó creando un diccionario del dialecto de los Pampas para poder comunicarse pacíficamente, no por eso escapó de ser tan violenta como cruel: su saldo dejó 3.200 indios muertos y 1.200 prisioneros
La segunda Campaña, organizada por Avellaneda y Alsina, solo logró en su inicio anexar 56 kilómetros cuadrados a la provincia de Buenos Aires. Pero cuando Roca y Uriburu se ponen a la cabeza de la Campaña en 1879, la ocupación se hizo efectiva en forma total. Esta etapa de la segunda Campaña fue financiada por el propio Estado nacional, a partir de la venta de los territorios a ocupar, que fueron ofertados previamente a que la tierra efectivamente se ocupara. El primer saldo parcial de la Campaña arrojó la venta de 10 millones de hectáreas vendidas a 391 propietarios, entre ellos, encontramos apellidos como Martínez de Hoz y Luro.
El ejército nacional estaba conformado por unos 6.000 hombres, en su mayoría, provenientes de sectores populares sin trabajo fijo que fueron obligados a enrolarse al ejército. La variable tecnológica fue la utilización del fusil Remington, fabricado en Estados Unidos y el cual tenía la capacidad de efectuar 6 disparos sin recargar.
El saldo de la segunda Campaña al desierto fue de 2.000 indios muertos y 14.000 prisioneros, los cuales -en su mayoría- fueron obligados a desfilar encadenados por Buenos Aires. Se creó un campo de concentración en la Isla Martin García donde terminaron la mayoría de los prisioneros, mientras el resto fue trasladado al Hotel de Inmigrantes donde funcionaba la Sociedad de Beneficencia, una suerte de organización no gubernamental apoyada por la Iglesia Católica que se encargaba de entregar indios a representantes de las clases más altas que carecían de la oportunidad de tener hijos o, en su defecto, buscaban criados para uso doméstico.
Los pocos indígenas sobrevivientes a la Campaña fueron más tarde capturados y enviados al Museo de La Plata, donde fueron exhibidos como piezas vivas. El saldo final de la campaña resultó en 40 millones de hectáreas vendidas entre 1.843 nuevos terratenientes (nuevos es una forma de decir).
A la vuelta de su Campaña al desierto, Roca sería premiado con un gran prestigio militar y político. Eso le permitió presentarse a elecciones presidenciales y asumir el cargo en octubre de 1880. Roca, tucumano él, había sido un militar de carrera que supo luchar contra la Confederación de Buenos Aires en las batallas de Cepeda y Pavón, a la vez que fue partícipe activo en la Guerra del Paraguay y la eliminación de los últimos caudillos provinciales.
El lema de la administración roquista fue “Paz y Administración”, y se refería concretamente a la necesidad de unificar al ejército nacional para terminar con las facciones de ejércitos provinciales, mientras se administraba el país en su conjunto, mejorando las vías de comunicación. Roca puso en marcha la propuesta de Sarmiento acerca de la educación primaria pública, laica y gratuita, materializada en la ley 1.420. Éste hecho, junto a la creación del registro civil nacional público y la creación de escuelas laicas, generó fuertes tensiones entre el Estado nacional y la iglesia, que desencadenó en la ruptura de las relaciones entre Buenos Aires y El Vaticano.
Roca creó el PAN (Partido Autonomista Nacional), y por medio del fraude electoral y presiones militares, logró que éste se convierta en un partido protagonista de la historia argentina por muchos años. Tras el fin de su presidencia, asumió el poder su concuñado, Juárez Celman, otro conservador de carácter definitivamente liberal. Celman no creía en el sufragio universal y afirmaba que “consultar al pueblo siempre es errar”. El nuevo Presidente instauró un régimen llamado “unicato”, que hacía referencia a que el jefe del partido (PAN) era el mismo que el jefe del Estado.
Pero el nuevo Presidente afrontó una de las crisis económicas más fuertes de la historia argentina, acontecida en 1890. Sucede que el Estado otorgó a cualquier banco público la capacidad de emitir billetes –papel moneda- siempre y cuando depositara el respaldo correspondiente en oro en el Tesoro Nacional, a cambio de lo cual se le entregaban bonos emitidos por el Estado. Pero los bancos, con tal de emitir a mansalva, se endeudaron en el exterior para conseguir oro y depositarlo en el Tesoro, y así continuaban con la emisión, engrosando progresivamente la deuda externa nacional y provocando una vorágine especulativa. El déficit de cuenta corriente provocó una crisis financiera que se tradujo en índices de inflación y desempleo elevados. La respuesta fue la privatización de gran parte de los servicios públicos y la reducción fiscal para palear el déficit comercial abultado.
En éste contexto crítico, emerge la figura de Leandro N. Alem, un abogado defensor de los pobres y de familia rosista, que supo llegar a ser Diputado Nacional. Junto con Mitre, crearon la Unión Cívica, y a pesar de sus diferencias, Alem consiguió proclamar sus deseos de que se cumpla la Constitución Nacional y se imponga el sufragio libre, junto a sus ideales generales de honestidad y patriotismo.
En este contexto, la Unión Cívica convoca a la revolución y en ella participan personajes de renombre como Marcelo T. de Alvear, Aristóbulo del Valle, Jose Féliz Uriburu, Juan B. Justo, Lisandro de la Torre e Hipólito Yrigoyen, entre otros. La revolución no logra tomar el poder pero genera una ruptura en el seno del gobierno oficialista, haciendo caer a Juárez Celman y cediéndole paso a su Vicepresidente, Carlos Pellegrini. En paralelo, la sociedad entre Alem y Mitre llegaría a su fin. Una división al interior de la Unión Cívica dejó como resultado dos partidos nuevos: la Unión Cívica Nacional, encabezada por Mitre y los conservadores aliados al roquismo y la Unión Cívica Radical, encabezada por Alem y los intransigentes revolucionarios.
Pellegrini continúa con la política de Avellaneda de priorizar el pago de la deuda externa en detrimento de la pauperización social y profundiza el plan de ajuste de Juárez Celman vía reducción fiscal y recorte de la asistencia social. En 1892. gana las elecciones Luis Sáenz Peña, por supuesto por medio del fraude y apoyado por Roca y Mitre. Alem, Lisandro de la Torre e Hipólito Yrigoyen (sobrino de Alem), deciden levantarse en armas nuevamente, esta vez contra el gobierno de Saenz Peña.
La nueva revolución se extiende hacia todo el país, pero Yrigoyen, que conducía las fuerzas porteñas, se rehúsa –por temor a una derrota-- a invadir Buenos Aires, y la revolución fracasa. Esto es considerado por Alem como una traición por parte del “cobarde” de su sobrino, y ya aislado en su carácter revolucionario radical, decide suicidarse en su carruaje con un tiro en la sien en 1896. Con la muerte de Alem, muere el ideal de una Argentina que ingrese al siglo XX por la puerta de la honestidad política.
CONTINUARÁ...
"Pero la vida es fría y te empuja a seguir...
O no..."

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