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SubdesArgentina - Parte VII

Avellaneda y la fidelidad al pago de la deuda

A mediados de la década de 1870, Sarmiento deja la presidencia cediendo su lugar a Nicolás Avellaneda, un hombre que protegió los intereses nacionales... del extranjero.

Con la salida de Sarmiento del Gobierno Nacional, comenzaron las disputas por la sucesión del trono presidencial. Los dos candidatos más fuertes para reemplazarlo eran Bartolomé Mitre y Adolfo Alsina. Ambos fueron creadores de sus propios partidos; el primero, la Unión Cívica Nacional; el otro, el Partido Autonomista Nacional. Cuando parecía que Mitre ganaría las votaciones presidenciales internas, una jugada política entre Alsina y el candidato del interior, Nicolás Avellaneda --que iba por Tucumán--, logró cambiar el rumbo de los comicios. Así fue que Avellaneda resultó el presidente electo y comenzó su gobierno un 12 de octubre de 1874, gestión que duraría seis años, hasta 1880.
 
Pero Mitre no aceptaría su derrota fácilmente, sino que sería el inspirador de una revolución cívica en contra de lo que él llamaba "fraude electoral". En palabras de Mitre: "La revolución es un derecho, una obligación y una necesidad". Pero el espíritu revolucionario de Mitre duró lo que duraron la mayoría de las revoluciones del siglo XIX en Argentina: muy poco. El ex-Presidente fue derrotado y tras su rendición, se le dio de baja del ejército nacional y se cerró su diario "La Nación".
 
Como si fuese poco, Mitre fue condenado a prisión, pero esto también duró poco, ya que Avellaneda, entonces Presidente, decidió indultarlo. Para la historia oficial argentina, fue muy productivo el encarcelamiento de Mitre, puesto que podríamos afirmar que tras la rejas, nació "el Mitre historiador", que siguiendo los pasos de Vicente Fidel López, escribió los inicios de sus biografías sobre las vidas de Belgrano y San Martín, con datos históricos muy precisos por un lado, y observaciones suyas plagadas de mentiras y tergiversaciones, por el otro. Recordemos que esas falacias que sostuvo Mitre en la elaboración de sus libros, son, hoy en día, dignas de repetición en los distintos institutos educativos de nuestro país.
 
Nicolás Avellaneda fue, en su gestión, un Presidente modelo sin lugar a dudas, modelo de lo que no debe hacer un presidente en épocas de crisis. Al asumir su cargo, se encontró una economía en total recesión y una deuda externa en su máximo esplendor que arrastraba intereses de los dos empréstitos que Rivadavia y Mitre --en ese orden-- habían pedido a la Casa de Crédito Baring Brothers, de origen británico. Hagamos memoria, el primer empréstito suponía cubrir inversión en infraestructura para la construcción de un puerto, rutas y una ciudad que lo circunde. Se habían pedido un millón de libras esterlinas. Aunque llegó menos de una décima parte, se pagó por el millón. Mal negocio de Rivadavia para el país, bueno para su economía personal.
 
El segundo fue para financiar la guerra del Paraguay, solicitado por Mitre. Gracias a ese empréstito, Argentina pudo hacer frente a una guerra de cinco años que se llevó centenares de miles de vidas de argentinos, uruguayos, paraguayos y brasileños. El empréstito de Mitre fue un éxito, Argentina ganó una pequeña parte de Formosa, a cambio de matar a miles de compatriotas, derrocar a un gran presidente como era Solano López y endeudarse producto de una guerra que cada año que pasa, menos sentido tiene. 
 
El feroz endeudamiento externo y la falta de mano de obra nacional producto de los hombres perdidos en la Guerra del Paraguay, hicieron que Avellaneda, continúe, aunque de forma más profunda, la política de Sarmiento que alentaba la inmigración extranjera. En la misma línea del sanjuanino, Avellaneda prometía un paraíso terrenal a los europeos, preferentemente, ingleses y alemanes de clase alta, culta y distinguida. Construyó el Hotel de los Inmigrantes y constituyó a la frase "gobernar es poblar" como el slogan de su gobierno. Al igual que Sarmiento, tuvo la mala suerte de que su política de inmigración no obtenga los resultados que pretendía: en efecto, la inmigración se dio y en forma masiva, pero a nuestro país vinieron europeos pobres, hacinados en los barcos y se fueron amontonando en el Hotel de Inmigrantes. Junto a ellos, vinieron los protagonistas de las próximas décadas de nuestra historia: el socialismo, el comunismo, el anarquismo y el sindicalismo. Pero no hay que adelantarse...
 
Para palear la crisis económica, Avellaneda no solo buscó atraer mano de obra al esquema productivo nacional, sino que además dotó a su gestión de políticas fuertemente restrictivas. Presionado por la deuda, hizo caso omiso a las necesidades de la población argentina golpeada por la crisis, y esbozó su principal argumento de defensa de los intereses nacionales del extranjero, es decir, los acreedores de la deuda: "La República, no tiene sino un honor y un crédito, como sólo tiene un nombre y una bandera. Hay dos millones de argentinos que economizarán sobre su hambre y su sed, para responder en una situación suprema a los compromisos de nuestra fe en los mercados extranjeros". En síntesis, era, según Avellaneda, mejor pagar la deuda que no hacerlo, puesto que era más importante la forma en que era visto el compromiso argentino en los mercados internacionales, que la miseria de la población que él debía gobernar. 
 
Pero no todo en el gobierno de Avellaneda corresponde a una gestión negativa. El Presidente, presionado por la misma historia argentina ya impostergable, decretó la Ley de Federalización de la ciudad de Buenos Aires, que dio nacimiento a la Capital Federal. Pero como a veces la historia es de repetirse, el gobernador de Buenos Aires en ese entonces, Carlos Tejedor, se sublevó ante la federalización el 2 de junio de 1880. Tejedor no tenía intención de perder la recaudación aduanera del puerto de Buenos Aires, sin embargo, fue finalmente derrotado por las fuerzas nacionales y la legislatura bonaerense se disolvió. Éste es el punto final a un país "dividido"; el Estado nacional se constituyó de forma unificada con capital en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
 
En éste contexto, Avellaneda ordenó a su Ministro de Guerra, Julio Argentino Roca, emprender la segunda campaña al desierto para tomar control sobre el total del territorio argentino como lo conocemos hoy. La campaña fue un éxito: se tomó control sobre prácticamente la mayoría del territorio ocupado por los aborígenes y se exterminaron alrededor de 15.000 almas de hombres, mujeres y niños de los pueblos originarios argentinos. Pero la profundización sobre esta matanza y sobre la importancia que cobrará la figura de Roca luego de la campaña, será en el próximo capítulo.

CONTINUARÁ...


"Y no habrá que pagar después...

Las deudas de no sé quién..."

Rogelio Santos


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