¿Qué significaba vivir en el “Granero del Mundo”? ¿Quiénes trabajaban en dicho Granero? ¿Quiénes eran sus dueños? Entramos en los comienzos de una Argentina rica llena de pobres.
En 1896, ya terminando el siglo XIX, un militar triunfante se coloca en la cúspide del poder político nacional: es Julio Argentino Roca, quien supo unificar al Ejército Nacional, hacer de Argentina un país desde Jujuy hasta Tierra del fuego a costa de miles de vidas humanas y quien repartió los territorios conquistados (junto al gobierno nacional del momento) entre unos pocos terratenientes que se quedaron con toda la Patagonia. Roca es, a la vez que Presidente de la Nación, Jefe único del PAN (Partido Autonomista Nacional). Fue el primer presidente reelecto de la historia y quien una vez fuera del círculo político oficial, seguiría influyendo fuertemente respecto a la elección de futuros funcionarios públicos de alto rango.
Roca asume en un contexto de tensión internacional en el cual Argentina se encuentra al borde de una guerra con Chile por litigios fronterizos, conflicto que se definiría, finalmente, sin intervenciones militares motivo de un armisticio arbitrado por la Corona Británica, aunque claramente en favor de Chile. Roca pretendía anexar al país gran parte del territorio que Sarmiento había afirmado “naturalmente chileno”, incluyendo el Estrecho de Magallanes y “quizás toda la Patagonia también”.
En sus gobiernos, Roca destinó gran parte del presupuesto en realizar obra pública, incluyendo el desarrollo de una gran red de obras ferroviarias, las cuales –pese a lo que afirma la historia oficial- se dieron lugar en base a una fuerte inversión pública del Estado argentino y no de la mano de capitales británicos. Eso sí, una vez hechas las vías e importados los ferrocarriles, el managment de estos, es decir, su administración, pasó en un 75% a manos británicas hasta la llegada de Juan Domingo Perón al poder. Con el ferrocarril en sus manos, Gran Bretaña continuó manejando los hilos de la política económica argentina, condicionando directamente los precios de la producción local vía aumento del coste de su traslado (en ferrocarril) y, por ende, obligando a los productores a elevar los precios finales, traduciéndose este hecho en fuertes pérdidas de competitividad en el mercado mundial.
Si bien este panorama económico nacional no es muy distinto al que se vivió en la mayoría del siglo XIX, ahora sí La Argentina comienza a consolidarse seriamente como un país rico, aunque lleno de pobres, condenado más que nunca al rol de exportador de materia prima, puestos de trabajo y deuda. La organización de la sociedad era muy simple y dependía directamente del modelo de acumulación vigente, basado en el rol del sector primario exportador como gran dinamizador de la economía nacional. Así, las elites terratenientes y la burocracia estatal que las sostenían, formaban la cúspide de una pirámide social que mostraba con claridad una inmensa riqueza dispersa entre pocas manos y una contracara preocupante: una mayoría de población nativa e inmigrante en condiciones de vida muy precarias. En el mundo, se decía que cuando una persona ostentaba mucho a través de su poder adquisitivo era “rico como un argentino”.
La guerra con el Brasil, el bloqueo anglo-francés, la guerra civil y la guerra del Paraguay, socavaron los índices poblacionales del país, sobre todo de la población masculina. Argentina era un país de grandes extensiones pero proporcionalmente despoblado. Producto de esta realidad, el país se vio obligado a reforzar su política de inmigración, atrayendo, esta vez, unos 3 millones de inmigrantes. La nueva mano de obra llegaría por mar en viajes de hasta 30 días. El gobierno argentino, además de tierras y jardines aflorados que nunca entregaría, ofrecía a los extranjeros unos pocos días de estadía en el Hotel de Inmigrantes. Luego de ese período, les deseaba mucha suerte.
Producto de la migración hacia el norte de las clases altas que antes ocupaban la parte Sur de la Ciudad de Buenos Aires, las grandes mansiones fueron convertidas en conventillos donde convivían decenas de familias de inmigrantes, locaciones en la que antes vivía una sola familia oligarca. Pero la suba de alquileres solía traducirse en huelgas de los habitantes (que eran trabajadores en condiciones realmente precarias) y en fuertes desalojos protagonizados por el accionar de la policía, sostenida --por supuesto--, por las órdenes de la burocracia estatal conservadora. Este período sería la puerta de entrada para un nuevo personaje nefasto de la historia nacional: el Coronel Ramón Falcón. Falcón fue quien ordenó un sinfín de represiones y quien cargó su carrera con decenas de muertos y centenares de heridos. Fue asesinado por un anarquista ucraniano quien le arrojó una bomba mientras viajaba con su secretario en un carruaje. Falcón estuvo lleno de condecoraciones en vida y también pos mortem, pues la escuela de cadetes lleva su nombre, también varias plazas y hasta una calle importante de la Capital Federal.
Argentina era de los principales exportadores de carne (natural y congelada), cereales y lanas. A lo largo y ancho del país, se reproducían los frigoríficos a granel, sin embargo, las reses se exportaban y el consumo interno de carne era prácticamente nulo en lo que respecta a las clases trabajadoras, que, lógicamente, componían la mayoría de la población.
En 1901 se instauró el servicio militar obligatorio. Y en 1902, se dictó la Ley de Residencia por parte de Miguel Cané, la cual estipulaba la expulsión de “extranjeros indeseables”, una clara referencia hacia aquellos inmigrantes que traían consigo las ideas anarquistas, socialistas y comunistas. Pese a esta veda oficial, Alfredo Palacios alcanzó una banca como el primer Diputado socialista de América Latina (lo que no pudo lograr Juan B. Justo años antes producto del fraude electoral). En 1904, Quintana y Figueroa Alcorta asumen la presidencia, continuando con una línea liberal en lo económico y conservadora en lo político, un círculo cerrado de poder. En la vereda de en frente, la oposición al gobierno era protagonizada por los rebeldes radicales al mando de Hipólito Yrigoyen. En 1906 muere Quintana y asume Alcorta, quien cierra el parlamento en función de quitarle poder político a Roca (quien tenía la mayoría). Por fuera del Estado y en el seno de la sociedad civil, aumentaban las huelgas y las organizaciones obreras/sindicales.
Anarquistas y socialistas festejaban el día del trabajador un 1° de mayo de 1909, cuando Falcón inició una nueva represión que resultó en un saldo de 11 obreros muertos. Ya en 1910, Figueroa Alcorta decreta el Estado de Sitio y la Ley de Defensa Social, estableciendo la pena de muerte, la limitación de la actividad sindical y de la prensa anarquista. Este es el punto de partida para la intromisión del directo accionar de grupos conservadores de derecha que se encargarán de saquear locales socialistas para terminar “con los apóstoles de la anarquía”. Comienza una nueva etapa que roza el mote de guerra civil, donde las ideologías se enfrentan, incongruentes. Donde un sector para-militar toma las riendas de la represión contra los trabajadores apañado por el visto bueno de la viciosa burocracia estatal.
CONTINUARÁ…
"Otro disparo por nada, plomo por una vida
Casi Justicia Social por la policía"

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